CLANDESTINA FLOR DE MI SECRETO

Recuerdos de un ex adolescente, treinta años después de sus primeras experiencias con la clandestinidad del porno.


Hoy todo es fácil. Que lo diga yo, que soy de quienes atravesaron el fuego y el agua de ese mundo que cambió, para siempre, la tecnología.

Fácil, porque hoy todo lo resuelve alguien con un teléfono inteligente, los benditos smartphones, y su debida conexión a la red.

Véanlo, si no, con el porno. Un chico gay con su infaltable smartphone (hoy es casi tan accesorio a ellos como los dedos, digamos) y mediano olfato puede acceder prácticamente a todo contenido “prohibido” -un decir, porque en este universo no hay ya prohibidos- para satisfacer sus gustos.

Antes, qué va... antes no.

Hablo del antes de principios de los 80s -tenía yo 17, cuando descubrí y empecé a interesarme en el porno gay-, y entonces la vida era cuesta arriba. Más cuesta arriba de lo que los teens de hoy podrían imaginarse.

Contaba yo con algunas ventajas. Era capitalino, y vivía en un hogar donde no había controles exhaustivos ni vigilancia paterna opresora, donde me dejaban hacer porque me sabían sensato lo suficiente. Y aún así, cosas de esos tiempos, todo era cuesta arriba.

Veamos por qué.

Comencemos por lo primordial: el porno gay de entonces era completamente impreso. Revistas, periódicos, papeles. Eso hay que entenderlo para seguir el primer paso.

El descubrimiento. Había que descubrir dónde conseguir aquellos impresos. Y no era fácil: San José era una capital pequeña, todavía pueblerina, donde aquello no abundaba, a menos que tuviera uno acceso a una red clandestina de intercambio, cosa que para un adolescente gay de 17 años no era fácil, como puede serlo hoy.

Yo era “resourceful”, así que di con el sitio: era la meca de las publicaciones de entonces, se llamaba La Casa de las Revistas, y tenía varios locales en el centro de la capital, donde me resultaba fácil llegar. Si había algún sitio donde encontrar porno gay, era allí.

Haciendo memoria, no se ahora si lo deduje o sencillamente di con ello al azar, un día que pasé por la vitrina del negocio y vi allí aquello que buscaba: una revista con hombres en pelotas.

El segundo escollo era lo físico del asunto. Es decir, había que trasladarse al sitio, ir por el tesoro (no lo tenías a la mano, no te llegaba al teléfono o la computadora), y había que obtener el objeto. Lo dicho, era un algo tridimensional, nada de virtual. Esa corporeidad representaba el reto de encontrar el momento para ir al centro, llegar a la librería en cuestión, y planteaba otro: disponer físicamente del objeto, trasladarlo.

Lo tercero era el dinero. Había que comprar la revista, que no era barata y menos para un adolescente que dependía del estipendio que le dieran sus padres, hacer cálculos, ahorrar y privarse de otras cosas para obtenerla. En resumen, era un lujo que no era fácil de costear.

Sorteados los anteriores, seguía el más complejo: obtenerla. Eso representaba un reto cargado de terrores y adrenalina que, intuyo, hoy puede ser incomprensible para un equivalente de mi edad en estos tiempos.

Tendré para siempre claras la hiperventilación, las palpitaciones, creo que también el sudor frío que significaba ir acercándome a la librería. Entrar y enfrentar la mirada de las encargadas -detrás de un mostrador-, recorrer las filas con estantes de revistas de todo tipo, hasta ubicar aquella zona donde estaban las revistas de adultos, pareciendo interesado en otras, y reunir el valor de tomar aquella que me interesaba e ir a la caja registradora a pagarla. Años después encontré una escena similar en una película de #Woody Allen y me reí como orate viéndola.

Hubo veces que esperé minutos interminables haciendo el tonto, hasta que no hubiera nadie más en el mostrador para poder pagar la revista sin que me cayera la mirada inquisidora -o peor, la reprimenda- de otro cliente.

Al final, salía con mi botín. Mis favoritas -además, eran las más regulares disponibles- eran las #Playgirls, la versión con hombres del imperio #Hefner, aunque luego descubrí otros muchos títulos, incluso del lejano mundo del este europeo.

Definitivamente, hoy entiendo que tanto la librería como sus dependientas (siempre mujeres) tenían una política de mangas anchas. Primero, porque vendían aquel material en una todavía mojigata sociedad, y segundo porque nunca me pasó que me negaran la compra aduciendo que yo era muy joven para aquello. Ni siquiera porque era un chico comprando revistas de hombres desnudos. Los admiro ahora y les reconozco su mérito: La Casa de las Revistas, mi eterno agradecimiento por su apertura de mente.

La etapa final de la aventura era la clandestinidad. Guardar la revista (plural, con el paso del tiempo) sin que la descubrieran y acarrear las consecuencias del hecho. Como dije, me favorecía que mis padres no eran gente de andar husmeando en los recintos de sus hijos, pero aún así tenía que ser precavido para que en una limpieza general o por algún accidente, mi madre tropezara con aquello.

Fui exitoso en la tarea. Al punto, que todavía hoy conservo una selección de aquellas revistas, que sobrevivieron a través del tiempo en el secreto clandestino y son hoy una reliquia nostálgica de aquellos años en que todo este viacrucis era requerido para que un chico diecisieteañero en un país tercermundista se divirtiera. La flor de mi secreto. #memoria #porn #porno #historia #revistas #magazines

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