CONVERSACION CON DOÑA MUERTE

La Señora de las Personas Muertas, la Santa Muerte, la Catrina. Varios nombres para una misma idea.

Nunca nos hemos visto cara a cara. Será alguna vez, pero por ahora me conformo con esta charla informal, de lejos, entre la admiración y el temor.

Eso sí, ha visitado mis proximidades alguna que otra vez. Como siempre pasa, no se va con las manos vacías, porque no está en ella: reclama una que otra presa, con su sola presencia.

Llegó catrineada, por supuesto. Venía acompañada de su Xoloitzcuintle, su perrillo faldero y el mismo que acompaña a los difuntos camino a su morada fiel, para que no se pierdan.

Se presentó con toda la formalidad de una dama, como Mictecacihuatl. Es es su nombre, pero con el tiempo y la pereza de los actuales para pronunciar los sagrados nombres aztecas, han terminado por llamarla, familiarmente, Catrina. La Catrina, eso sí.

Desde antes me había enterado que originalmente le decían Calavera Garbancera, aunque ni le duró mucho ni le gustaba tanto. Quien la rescató, José Guadalupe Posada, le puso así inspirado en los vendedores de garbanzo pobres que ocultaban su pobreza aparentando ser ricos.

Pero cuentan que fue de Diego Rivera de donde recibió su nombre final, después que la vistió a lo catrín y le dio el bautismo oficial de La Catrina. En ambas formas ya lleva sus más de cien años de andar rondando.

Pero la Señora de las Personas Muertas, Mictecacihuatl, es eterna, como corresponde a toda divinidad. Por allí se la conocía también como Chalmecacihuatl, la Señora de la Extracción del Mecate -valga decir, la del corte del cordón umbilical-.

Se llame como se llame, era la reina de Mictlán, aquel último nivel del inframundo de los mexicas, su tierra de origen, donde se dedicaba a vigilar los huesos de los muertos. Allí reinaba con Mictlantecuhtli, su esposo y alter ego.

Se sienta como una gran dama, levanta el mentón, y estoy seguro que si tuviera ceja la levantaría también para mirarme, como hacía aquella otra dama, la María Bonita.

“Me gusta que, con tantos años, no haya yo perdido mi puesto como presidenta de los festivales de los muertos. Por eso fui la Dama de la Muerte”, dice.

Y así es. Hoy su fama a empezado a extenderse más allá de México, y su figura se representa cada vez más bajo mil formas, desde mascaradas hasta muñecas coleccionables de plástico.

Le han derivado toda una industria. Lo sabe y no le importa. Ella está más allá de los rumores y comidillas.

“Por allí me llamaban Matlacihua. La que enreda, la cazadora. Decían que me parecía, y aparecía, como una mujer hermosa vestida de blanco, para castigar a los mujeriegos y borrachos que andan por allí hasta quién sabe qué hora. Que los seduzco y los lastimo hasta hacerlos tirarse a un barranco. Que me lo prueben”, sentencia apuntándome con su blanquecino y flaco dedo, enjoyado.

No puedo evitar notar la pulsera de Cartier, y vuelve a mí la imagen de La Doña. Pero aparto el pensamiento de nuevo.

Xoloitzcuintle ladra y me olfatea el ruedo del pantalón. Empiezo a temer.

Hoy la celebramos los primeros días de noviembre, después que los conquistadores católicos se dejaron seducir, ellos, y la incorporaron a sus fiestas de difuntos. Pero antes, allá en Mictlán y en los viejos tiempos, se celebraba el 16 de julio la Miccailhuitntli, la fiesta de los muertitos. “Todos participaban -me cuenta-, comenzaban cortando el árbol xócotl, le quitaban la corteza y lo adornaban con flores, y durante veinte días le hacían ofrendas”.

En el décimo mes del calendario de entonces estaba la fiesta de los muertos grandes, la Ueymicailhuitl. Alrededor del actual 5 de agosto, cuando se decía que se caía el xócotl. Esa la celebraban con procesiones que terminaban en rondas alrededor del árbol, y con grandes comidas.

Le recuerdo que también había sacrificios humanos y me vuelve a arquear la ceja. Por primera vez me doy cuenta que tiene, pintada sobre la calavera. El Xoloitzcuintle gruñe.

Hablo de ella como La Catrina, pero también debo recordarla como la Santa Muerte. Allí la cosa se pone más solemne. Donde la Catrina es fiesta, parranda, diversión, como la Santa Muerte lo suyo es culto, pleitesía.

La empezaron a adorar así por allá de finales del siglo XVIII, cuando los indígenas rendían culto un esqueleto que decían era la Muerte, y por doscientos años perduró la tradición, pasando de boca en boca.

Fue por los años 60 cuando en un poblado de Veracruz un vecino dijo verla dibujada en las tablas de su choza. Le pidió al cura que la bendijera pero éste se negó y lo atribuyó al Enemigo, a Satanás.

Se le esboza una sonrisa en la dentadura, ya que no hay labios. “Vencedora. Sigo andando por allí como la Santa Muerte, y me siguen venerando”, me dice. Tiene razón.

Ya para 1965 el culto se dio a conocer en el estado de Hidalgo. La veneran quienes a diario ponen en riesgo la vida, pero también la gente le pide protección, recuperar la salud, artículos robados, gente que ha sido secuestrada.

La veneran como algo innegable en la vida, como su ley natural. Y es verdad. La gran democrática, digo yo, pero también lo dijo Posada: “la muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre toda la gente acaba siendo calavera”.

Se levanta, extiende el dedo como para tocarme la frente pero se detiene y lo retira. Me sonríe. Me doy cuenta y le agradezco por detener la charla, pero no mi vida. “Muchas gracias, Señora”.

Me quedo viéndola marcharse, acompañada del Xoloitzcuintle. Antes de perderse en la bruma de la noche, el perrillo se vuelve y me mira. Los dos ojos, brillando como luciérnagas panteoneras, son lo último que veo de ellos. #catrina #diademuertos #santamuerte #tradición #historia #sincretismo

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