UN MUNDO EN ESCOMBROS ES SIEMPRE UNA OPORTUNIDAD


Uno de mis recuerdos más vívidos y permanentes de Europa fue la vez que estuve en Dresde, en Alemania.

Próspera y hermosa ciudad… más que hermosa, bellísima. Me di gusto en ella.

Pero, durante mi estadía allí mis anfitriones se tomaron el tiempo para contarme su historia, en sus palabras y llevarme a conocer los sitios donde podía ser testigo de lo que había vivido la ciudad.

Se terminaba la II Guerra Mundial, era febrero de 1945, de hecho doce semanas antes que el régimen nazi se rindiera, y los aliados desataron sobre la estratégica y próspera Dresde una ola de bombardeos, verdadero mar de fuego que redujo a escombros la mayor parte de la ciudad. Y cuando se dice escombros, es eso. Las fotos de Dresde después de esos bombardeos nos muestran una ciudad convertida en añicos, sin un solo edificio entero. Desolador mirarlas incluso ahora.

Los bombardeos de Dresden dejaron una cifra aterradora de muerte. No se sabe a ciencia cierta cuántas personas, pero se está entre 23 mil y 35 mil personas.

Una ciudad fantasmagórica. Un verdadero cementerio.

Fue una decisión cruel, táctica, pensada. Reduciendo a cenizas Dresde -ciudad industrial, centro político y cultural clave- le daban un golpe de gracia al decadente régimen de Hitler.

Y eso no solo pasó en Dresde, aunque ella sea uno de los casos más emblemáticos. Toda Alemania sufrió esa destrucción. Casi toda Europa, de hecho.

Que el pasado nos sirva de ejemplo, y de lección.

Si usted va hoy a Dresde, como me pasó a mí, lo llevarán a ver sus brillantes palacios, sus relucientes iglesias. Y en los corredores de los palacios han colocado las fotografías panorámicas de la ciudad destrozada, como un recordatorio imborrable de un pasado que no quieren olvidar.

Aprendieron la lección: la lección vieja, que con los siglos pusieron en práctica una y otra vez; y una más nueva, del siglo XX. Reconstruirse, reponerse, levantarse de las cenizas y -la lección nueva- mejorar todo lo que pudieron mejorar para no tener que pasar de nuevo por ese calvario de fuego.

Posiblemente eso sea lo que nos toque ahora, no solo en el mundo sino acá, en la finca. No pasaremos por el extremo de ver el país reducido a escombros, pero es muy posible que veamos derrumbes, cierres, desempleo, tribulaciones.

Pero vendrá luego la reconstrucción, porque esa ha sido siempre la empecinada acción de la sociedad humana, incluso en calamidades peores que esta.

Habrá que sufrir, pero veremos todo levantarse de nuevo.

Lo realmente malo sería que, cuando nos levantemos, reconstruyamos la misma sociedad calamitosa y jorobada. Eso sí sería imperdonable. Veamos esto como la oportunidad de reconstruir para mejorar, como lo hicieron quienes sobrevivieron en Dresde.

En estos días trato de tener eso en mente al levantarme: la imagen de la ciudad de Dresde, antes y ahora.




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